No sé por qué, hoy desperté pensando en mi abuela Tena, quizás por que pasé el sábado con Santi, Aura, y su mamá Gaby, que es diabética y me recordó las situaciones en las que cuidábamos su ingesta de azúcar. Creo que anoche soñé con ella, aunque no alcanzo a recordar que fue lo que soñé. Lo que si sé es que hoy todo lo que va del día la tengo presente. Sus bromas, sus travesuras, su terquedad, y esa afición al azúcar que traigo en la sangre.
Recordé aquella ocasión que mi tía María Gpe. (DEP) descubrió por casualidad que le compraba coyotas a Doña Carlota ( vecina de la cuadra que era experta repostera) Un día llegó y Doña Carlota la abordó, diciéndole que ya tenía su pedido de Coyotas que tanto le gustaban… Mi tía María Gpe. Le sonrío y le dio las gracias, probablemente hasta recibió el pedido y lo pagó.
Mi abuela , siempre orgullosa y de carácter (como la mayoría de las mujeres de mi familia) Solo mencionó que “ de vez en cuando” le hacía pedidos para regalar, por que ella no comía eso.
Todos nos enteramos gracias a mi tía María Gpe que lo compartió cuanta vez pudo, con el fin que la abuela tuviera más vigilancia por su condición de diabética ( y el chismecito – dijera Julieta-).
Nadie pudo lograrlo, hasta el último momento cuando la mente le jugaba trastadas y perdía noción del tiempo y del espacio, seguía tenaz y con esa determinación que sólo ella tenía. El Alzheimer le quitó libertad. Y fue ahí cuando tenía el azúcar controlada en casa, que cuidábamos su ingesta religiosamente a nuestro parecer, lo que ella debía de haber comido/bebido cotidianamente, bajaba extrañamente. Y en esos bajones, se le veía sin energía, triste, decaída. Entonces le checábamos con el glucómetro y la traía baja. Le ofrecíamos entonces un pan, fruta, o algo que subiera su glucosa.
Quizás – le dije a mi madre – sin supervisión y con esos pedidos “de vez en cuando” estaba acostumbrada a consumir más azúcar, por eso le dan bajones ahora.
Y si, seguramente era eso por que no le pasaba mientras vivía sola. Como extraño su sazón, ese delicioso caldo de elote que nunca me queda como a ella. Las historias que me contaba y seguía disfrutando una y otra vez. La adoración que le tenía a mi abuelo, y seguía hablando de él (para que nosotros lo recordáramos también como ella) Aunque yo poco conviví con él, y tengo buenos recuerdos y otros muchos recuerdos borrosos en mi mente. Recuerdo su sonrisa cuando me contaba algo gracioso, como las anécdotas de travesuras de mi papá. Y su mirada se encendía cuando hablaba del abuelo.
Recuerdo sus consejos y actitud siempre mesurada y tranquila. Le gustaba consentirme en las comidas y aunque nos encantaba comer con limonada, que siempre hacía yo con limones frescos de su árbol, bien cargada. De vez en cuando nos tomábamos una coquita, de vidrio verde, por que son las más buenas.
Y como le pasaba papas Sabritas discretamente y ella las recibía en complicidad, sin pedir, solo esperar lo que yo le daba. Y como le daba su rebanada de pastel chiquita pero completa, no la rasurada que le daban mis tías, esto es puro pan, decía, y sí, sin betún sin relleno, el pastel no era lo mismo. Pero quizás lo que más extraño eran esas pláticas interminables, llenas de recuerdos felices y divertidos que le gustaba compartir.
Te extraño Abu.